Maria Girona.“Rogers» (salmonetes), óleo sobre tela, 45,5 x 38 cm.
En el peculiar mundo de los artistas, como en todos los ámbitos profesionales de esta vida, suele haber bastante armonía, aunque también existen innumerables episodios en los que se pone en evidencia una relación conflictiva que va desde los celos hasta situaciones de auténtico odio.
Este problema se remonta a tiempos pasados. Es conocida la rivalidad entre Leonardo y Miguel Ángel; pero, dejando aparte la historiografía, prefiero analizar la que se ha practicado en tiempos más recientes, ya que en algunos casos está dificultando una correcta interpretación.
Las denominaciones impresionista, cubista y fauvista, por ejemplo, en su origen eran un insulto, un sarcasmo creado por los que se burlaban de sus practicantes y que éstos asumieron con agrado; en cambio, no es popularmente conocida la fobia que los noucentistas expresaban hacia el modernismo.
Josep Pla se mostraba partidario de derribar el Palau de la Música afirmando que contenía una acumulación de elementos decorativos que impedían concentrarse para escuchar un concierto. Y no era el único, dado que esta opinión era compartida por gente de la talla de Carles Riba, Eugeni D’Ors y Enric Cristòfol Ricart. Éste último calificaba al modernismo como “una época lamentable y banal”. De hecho, gran parte del patrimonio modernista de Cataluña desapareció con la pasividad de buena parte de la intelectualidad catalana.
Otro ataque apasionado estuvo dirigido a las vanguardias. Actualmente en el MNAC hay una recomendable exposición de Feliu Elias “Apa” como ilustrador, que en sus escritos que firmaba con el seudónimo “Joan Sachs” se mostraba muy crítico con las innovaciones que se apartaran de la ortodoxia académica.
En 1970 hice una exposición de collages de Maria Girona. Recuerdo con emoción la visita de Salvador Espriu, que le dedicó una “Oda a Maria Girona” que contradice su fama de misógino. Sin embargo, el día que hacíamos la inauguración a las 19h, me encontré con que, a media tarde, se me presentó un artista conocido.
– ¿Vienes a ver la exposición de María?
– Sí. Debo estar al corriente de los trabajos de los artistas de mi generación (aunque que María es más vieja que yo).
– ¡Ah! (sorprendido por el comentario).
– Se ve que, cuando era pequeña, la vistieron de rosa y violeta y le dijeron: que mona estás! Y, desde entonces, siempre pinta con rosa y violeta.
– (Yo, estupefacto).
– Bien, dile que he venido, que no puedo quedarme pero que me ha gustado mucho.
Y se marchó sin ver la exposición. Simplemente vino a dejar unas gotitas de bilis. Naturalmente, no se lo conté a María Girona. Por fortuna, los tiempos están cambiando y en la actualidad se va recuperando la valoración de estas artistas pioneras. Este episodio, incluso en los años 70 del siglo pasado, era poco habitual. Pero los casos más virulentos que he vivido los contaré en el próximo “Hablemos de Arte”.



